El amor soñado
Hace muchos años, en formato cómic, leí una historieta, recuerdo que me encantó, lo que no recuerdo es su contenido íntegro, basándome en esos recuerdos cuento este relato.
El amor soñado
Era un dibujante de cómic que malvivía de un mal pagado trabajo. La Editorial para la que trabajaba de forma esporádica, le encargó una historieta a desarrollar en varios capítulos, tendría trabajo para seis meses, no era mucho, pero al menos podría pagar el alquiler de aquella pensión cochambrosa en la que pasaba sus largas horas.
Recibió el guión del primer capítulo por correo certificado, inicialmente serían 24, uno por semana, y tenía que dibujar sus personajes conforme al guión. No era complicado, dibujaría las viñetas de aquella historia como tantas veces lo había hecho con otras, sin mucha pasión, pero centrándose en ella, era un perfeccionista, y el boceto de sus personajes, el encontrar el modelo, la musa que inspirase cada rostro, era sin embargo su mayor desesperación; nna vez encontrado, todo rodaba sin obstáculos, pero hasta llegar a dar el paso inicial y encontrar sus personajes transcurrían no pocos ímprobos esfuerzos.
Según el guión, la protagonista debía ser una mujer esbelta, escultural, con muchas curvas, rubia, de piernas torneadas, deportista, bella, inteligente, seductora. Vaya- pensó el dibujante- el ideal de todo hombre -, una heroína de novela metida en mil aventuras y avatares a cual más intensa y trepidante.
El título de la tira de cómic se titulaba El Amor soñado
¡Qué cursilada de título! caviló el dibujante, - la Editorial debería cambiar de guionista, cada vez eran peores
En el capítulo primero la protagonista se entrevista con un misterioso hombre en un tugurio, una cafetería, donde le hace entrega de un sobre cuyo contenido parecen ser instrucciones secretas para localizar algo o a alguien.
El dibujante sabe lo que tiene que hacer, buscar unos personajes a dibujar, podría usar algunas de sus caricaturas que ya habían sido publicado en otras publicaciones, pero no lo considera muy ético, y buscar unos exteriores donde transcurra la historia . Todavía no ha desayunado, se arreglará mínimamente y saldrá a la calle a buscar, a inspirarse, entrará en un bar, se sentará en una mesa, colocará sus lápices encima y dibujará su primera viñeta mientras bebe un café muy cargado y desayuna unos bollos. Tiene suerte, hay una única mesa vacía con dos sillas. Mientras sorbe el café, cierra los ojos un instante para deleitarse con su sabor, paladeándolo, y al abrirlos, una mujer, delante de él, le pregunta si la silla está ocupada, y si se puede sentar. Es bella y rubia. ¡Aja! . ¡Perfecto! . Él la miró embelesado. Durante cinco minutos ambos se entablan en una conversación insustancial, intranscendente, mezclada con silencios y al final, cuando ella decide partir, después de fumar un cigarillo y lanzar sus bocanadas de humo, complacientemente al vacío, sobre la puerta del bar, el dibujante le pregunta gritando si podría utilizar su rostro para la historieta en la que está trabajando. Ella sonríe y desaparece.
Las viñetas de la historia se van trazando sobre el papel, él, con su personaje ya definido, las garabatea con trazos firmes y la ficción ha empezado. En sus dibujos, en el capítulo primero del cómic, ella está de ensueño, preciosa, fumando un cigarillo mientras un misterioso hombre le hace entrega de un sobre con una fotografía de una mujer desaparecida, de parecido increíble al suyo, a la que debe encontrar.
Al regresar a su pensión encuentra en su buzón un sobre con la fotografía de la mujer de la cafetería. Es extraño articuló entre titubeos el dibujante- No recuerdo haberle dado la dirección. Lo habré olvidado. Esto solo puede indicar que no le importa que la use a ella como modelo para el personaje central de la historia.
El segundo episodio del relato se desarrolla en una biblioteca. Beatriz, que es el nombre que el guionista ha puesto a la protagonista, ha de encontrar las claves necesarias para seguir su investigación del caso. El dibujante coge el guión y esta vez decide ir a una biblioteca a trabajar. Está casi vacía. Se sienta en una esquina desde donde abarca toda la sala, su perspectiva es diáfana y va trazando líneas sobre el papel, dibujando, embobado, borracho de figuras. Cuando levanta la vista para tomar referencias, queda atónito al contemplar a la mujer de la cafetería que ojea los títulos impresos en los lomos de los libros apilados en las estanterías, sobre los anaqueles.
Es extraño, no la había visto hasta entonces y era empíricamente imposible que esto ocurriese, -adujo el dibujante- tendría que haberla visto entrar, la visión desde aquí es plena, y sin embargo ahora está justo delante, de espaldas, debe haber una lógica, he debido de estar tan enfrascado en mi trabajo que he perdido el sentido del tiempo y del espacio y ella habrá franqueado el pasillo de forma evasiva para mi.
Con la mayor ingenuidad del mundo, unos lápices empezaron a resbalar por su mesa y al oír el ruido de estos al caer al suelo, audibles en medio de aquel silencio, ella se vuelve y observa al dibujante que le saluda con la mano mientras le grita para llamar su atención. Ella se acerca, avergonzada, al escuchar que alguien les increpa pidiendo silencio, se saludan dándose un beso en la mejilla y él la invita a sentarse a su lado. Solo un minuto, ella no tiene tiempo. El dibujante le enseña el primer capítulo de la historia, aún no publicado, pero que duerme ya en las imprentas de la editorial, en la fotocomposición, en las rotativas del semanal. Al verlo, ella se sorprende, levemente turbada ¡Su caricatura es tan real! . Es curioso, - dictamina ella muy digna- mi nombre también es Beatriz y no recuerdo habértelo dicho. El dibujante le aclara que él tan solo dibuja los personajes, que el desarrollo de la historia lo escribe un guionista que es quien ha elegido bautizar a su dibujo con su propio nombre, él no ha tenido nada que ver con ello.
He de irme, se me hace tarde. Y ella vuelve a desaparecer.
En el tercer capítulo del guión, Beatriz conoce a un hombre que la salva de morir frente a un intento de atropello premeditado. Esta vez, el dibujante no necesita salir a la calle, desde la ventana de su habitación puede ver el escenario a pintar, la calle repleta de coches circulando en ambos sentidos, pero ha de encontrar a un personaje masculino. ¿Qué tal él mismo? ¿Por qué no? Nunca lo había hecho, pero por probarlo, no, no, no iba a resultar. ¿O tal vez si?. Adelante. Dibujemos. Cuando mira por la ventana, sorprendido, reconoce a Beatriz. Deja sus lápices sobre la mesa y sale corriendo a su encuentro. Ella está allí, parada, como esperándole. Se saludan, se besan y esta vez quedan en verse en algún lugar, las coincidencias no se suelen repetir más de dos veces, así pues lo mejor es forzarlas y un encuentro, una cita es una forma de hacerlo, mejor, es una forma de transformar las coincidencias en realidades tangibles.
El dibujante, esa tarde recibió una llamada del editor, al parecer, la historia había gustado, se había vendido muy bien, y le felicitaba por el excelente trabajo que estaba realizando, sus dibujos eran buenos, mejor que eso, parecían reales, vivos, si el segundo capítulo tenía la misma aceptación, era posible que hiciesen una tirada doble, una segunda edición, con el tercero. Y eso que el guión no vale nada reflexionó el dibujante-
Durante el cuarto capítulo, Beatriz, después de vivir una serie de aventuras, cae enferma. El dibujante trabaja en el cuarto de su habitación sobre dichas escenas, cuando recibe una llamada telefónica, es ella, disculpándose, no puede acudir a la cita, al parecer se encuentra algo indispuesta.
Demasiadas coincidencias. No. Imposible. Beatriz es real y el guionista de la historia es tan solo un malísimo escritor de folletines. Unicamente son coincidencias. No debo pensar en fantasmas. Beatriz es real, y muy hermosa, por cierto. Su mente estaba empezando a elaborar una compleja teoría con los elementos repetitivos de aquella historia.
El dibujante no esperó recibir el quinto capítulo, se acercó por la editorial, quería conocer al guionista, en él podría encontrar una explicación a sus reflexiones y dudas. Era un hombre bajito, con gafas, poco pelo, más bien feo y que le recibió con cara de pocos amigos, no tenía nada de particular ni de misterioso, bueno, si, un muy mal genio y un carácter muy agrio. Le miraba por encima de las gafas mientras ojeaba el guión, enarcando maliciosamente las cejas y se le antojó que le trataba con tal falta de respeto que le dejó perplejo. Era un hombre sencillamente vulgar, gris y anodino.
Beatriz no aparecía en este capítulo. El guionista la había dejado recuperándose en un hospital y eran los demás personajes los que formaban parte de la historia.
Y Beatriz, la real, desapareció de su vida durante esa semana. No contestaba a sus llamadas. ¿Dónde diablos estaría? ¿Habría decidido salir de su vida?. Tampoco era tan insólito, únicamente habían coincidido tres veces y nunca más de diez minutos. ¿Por qué, sin embargo, no podía dejar de pensar en ella?
En la Editorial habían recibido invitaciones para una fiesta privada que se celebraba con motivo de los esponsales de dos ilustres personajes, y con motivo de ello, el guionista había desarrollado el sexto capítulo en una lujosa mansión, junto con el guión, el dibujante recibió la invitación para cubrir el evento, ahora tenía dos trabajos, hacer algunos retratos de los personajes que asistirían a la fiesta y que a su vez podría utilizar para su historia.
Tendría que haberle extrañado, pero no lo hizo, Beatriz estaba allí, de pie, encantadoramente real, luciendo un elegante vestido. Tenía lazos familiares, según dijo, con uno de los recién casados. Y cual el cuento de cenicienta, bailaron juntos hasta el anochecer en una velada inolvidable.
Cuando despertó al día siguiente, creyó que había sido un sueño, no porque lo hubiese soñado, sino porque hacía mucho tiempo que no había disfrutaba tanto, que no sentía unas sensaciones tan especiales y con sus recuerdos aun tan frescos, dibujó su sexta historia.
Con el séptimo guión recibió un cheque doble, la historia parecía ser un éxito de ventas. En este nuevo episodio la heroína se enamoraba del coprotagonista, al dibujante le encantó este capítulo, tendría que dibujar a sus dos personajes, Beatriz y a él mismo, enamorados, ya no pensaba que el guionista fuese un inútil, y decidió visitarle en la redacción, llevarle la historieta personalmente y preguntarle por el nuevo capítulo. El guionista seguía siendo el mismo de siempre, seco y agrio, aunque al dibujante le pareció más simpático ese día a pesar de su hosquedad y desaprobación, a pesar de su negativa reiterada en anticiparle la más mínima información acerca del siguiente capítulo. Y en su vida real, había algo que se empezaba a apartar de la historia dibujada, no era Beatriz quien se enamoraba, era él quien lo hacía. Durante esa semana compartieron juntos muchas cosas, su compañía, sus paseos, sus cenas, sus besos, una rosa, una caricia, unas risas, el cine, los cafés, un concierto de música pop, el teatro, las miradas, ternura, simpatía y el amor. Y a pesar de estar tanto tiempo juntos, de pasar tantos momentos a su lado, a pesar de ello, el dibujante no había caído en la cuenta de que no sabía realmente nada de Beatriz, no sabía quién era esa chica tan extraña que aparecía en su vida a ritmo de pinceladas y que a ritmo de pinceladas igualmente desaparecía y le hacía sentirse tan feliz.
El octavo guión llegó. Un poco decepcionado, masculló algunas palabras groseras. Beatriz tenía que enfrentarse a una casa en llamas, donde salvaría a un niño, no sin sufrir quemaduras en ambos brazos ¿Dónde buscar un modelo para los exteriores en esta historia? ¡No iba a incendiar una casa para inspirarse! Y pensó en buscar alguna película donde una casa ardiera. No le gustó mucho su octava historia cuando la vio terminada. Esta vez no le apetecía entregarla en mano en la Editorial, la envió por correo certificado. Esa noche, cuando a su lado, Beatriz, la real, compartía su cama con él, parecía cansada, y el dibujante, al verle ambos brazos con llagas le preguntó que le había ocurrido. No es nada, contestó ella, ha sido cocinando, no suelo hacerlo, pero hoy me he metido en la cocina y ya ves, me he quemado, el aceite me ha saltado a los brazos. No obstante,- pensó el dibujante-, ¿en los dos brazos? .Tenía que haber algo más pero no quiso darle importancia. Beatriz seguía a su lado y sus razonamientos eran elocuentes y convincentes, no había razón para dudar, para ser escéptico.
En el noveno capítulo, el guión es anodino, como destacable, el hecho que un perro pastor belga, ataca a Beatriz y ella logra huir indemne. El dibujante termina su historia y esa noche, Beatriz, aparece llevando de la correa a un perro, un pastor alemán joven. - Sabía que algo así iba a suceder- le dijo sonriente el dibujante a Beatriz- Ella no le entendió, le explicó que lo había encontrado en la calle, abandonado, y lo había llevado al veterinario y al recordar que él le había mencionado que su novena historia versaba sobre un perro por ello lo había llevado con ella, para que le sirviese de modelo. El dibujante le contestó que él nunca le había hablado del noveno capítulo. Ella le dijo que si, que quizá no lo recordase, pero si habían hablado de él.
Beatriz es real, se dijo el dibujante, es real. Y todo lo demás no son más que casualidades. Tenía que terminar con esa odiosa sensación de inseguridad.
El décimo capítulo llegó con puntualidad la décima semana. Beatriz, esquiando, terminaba con un fatídico esguince de tobillo que la obligaba a llevar muletas. El guionista vuelve a sus andadas, con sus historietas insustanciales sentenció con un reproche el dibujante.
Es Probable que Beatriz aparezca con el pie escayolado diciendo que se lo torció al bajar unas escaleras, presupuso maquinalmente, en tal caso, dejaré de pensar que todo esto no es más que una coincidencia.
Cuando terminó de dibujar, se levantó, resbaló sobre uno de los lápices que había caído al suelo, con tan mala fortuna que su pie se dobló. Es un esguince de tobillo, dictaminó el médico.
Durante esa semana, Beatriz le acompañó a la redacción, sirviéndole en parte de bastón de apoyo, allá conoció al guionista, un mediocre hombrecillo, pero quien le llamó la atención fue el Editor, era un hombre amable que le halagó hasta hacerla sacar los colores, diciendo que ella había sido la única responsable del éxito de ventas de la historia. Su cara era ya un símbolo, una bandera de libertad, un aire fresco y era la plasmación de su figura en los dibujos la que le había dado alas a la historia.
El dibujante estaba contento. Su editor había conocido a Beatriz, la real, por lo tanto no era un sueño, no era un fantasma. Todo lo pasado anteriormente había sido unas increíbles coincidencias.
El Editor en persona les entregó el guión de la undécima historia y le contó que versaba sobre como la heroína triunfaba en su misión, encontrando a la mujer secuestrada que el hombre misterioso le entregara en un sobre en el primer capítulo. Eso era todo. El triunfo.
El dibujante trabajó con entusiasmo en aquella historia, Beatriz, la real, estaba a su lado, tan real, y sin embargo sabía tan poco de ella, que empezó a hacerle preguntas sobre su vida pasada, su familia, sus amigos, pero ella eludía aquellas preguntas esquivamente y contestaba con evasivas urdidas en caricias.
Aquella semana transcurrió muy tranquila, nada raro sucedió, el amor hacia Beatriz se había consolidado, enraizado y aquella semana lo confirmó enteramente, su suspicacia desapareció, sus temores se fueron, la calma se instaló en su vida, pero era una calma anticipada, como la que precede a la tormenta.
Cuando el dibujante recibió el duodécimo capítulo y lo leyó, le faltó tiempo para presentarse en la sede del Editor, se enfrentó al guionista, pero este le delegó al Editor y fue este quien le explicó lo que sucedía.
Si bien habían pensado inicialmente en 24 capítulos, el éxito de la historia necesitaba un final, un final apoteósico que hiciese aumentar las ventas hasta el infinito. No podían quemar al personaje y que acabara aburriendo y asqueando a la gente.
Habían decidido que la historia terminase.
-Pero no pueden matarla- dijo el dibujante- No lo comprende, no puedo matarla. Estoy enamorado de ella.
El Editor se rió de sus palabras con estruendosas carcajadas, pero al mirarle a los ojos, vio que no bromeaba y escuchó con detenimiento la historia que aquel dibujante le contaba sobre la aparición de Beatriz y su historieta de cómic. El editor le tranquilizó. Le comentó que aquello no eran más que supersticiones, que él mismo había conocido a Beatriz y que era de carne y hueso, que no tenía que preocuparse de nada y que tenía que terminar su trabajo. Harían una cosa. En compensación a todo aquello, al éxito de ventas de la historia, la redacción se encargaría de correr con todos los gastos de una estancia de una semana para dos personas junto al mar en un hotel de cinco estrellas, y allá junto al mar, en la playa, el dibujante terminaría su historia.
Estaba triste. No quería matar a Beatriz, su dibujo. No sabría hacerlo. ¿Qué pasaría cuando lo hiciera? Beatriz, la real, estaba ilusionada por aquel viaje a la costa. Era extraño, partió sin apenas equipaje. Lo que pueda necesitar, lo encontraré en el hotel y la ciudad, le comentó al dibujante esbozando una leve sonrisa, no te inquietes, siempre suelo viajar ligera de equipaje.
Cuando el dibujante le dijo a Beatriz que quería que estuviese a su lado cuando ella muriese en el papel dibujado, ella sonrió y le dijo : -Pues claro, tonto-
Durante el desarrollo de aquel último capítulo, Beatriz moría ahogada en el mar y las olas arrastraban su cuerpo a la arena de la playa. Mientras el dibujante trabajaba, melancólicamente, apesadumbrado, Beatriz, la real, permanecía a su lado, mostrando una sonrisa afable y cariñosa. No pienso ahogarme, ¿sabes? , -le dijo al contemplar su dibujo sobre la playa, yaciendo muerta. El dibujante trazó con sus lápices la palabra Fin.
Cuando despertó al día siguiente, Beatriz no estaba a su lado, en la cama. Sintió un golpe en el pecho, su corazón latiendo a mil. Gritó su nombre. Ella no respondió. Se vistió sin darse cuenta de lo que se ponía y bajó raudo hacia la playa. Un montón de gente se arremolinaba en la orilla, formando un círculo. El dibujante se abrió paso entre los curiosos. Beatriz estaba allí, tumbada en la playa, pálida, sin vida, muerta, ahogada. Se arrodilló a su lado, tomó su mano y lloró.
Solo, en la habitación del hotel, contempló sus dibujos. Los metió en un sobre, puso la dirección y llamó a un botones para que lo enviara al correo. Aquella última historia era la más bella que había dibujado.
Inconscientemente tomó un lápiz y empezó a dibujar, sin guión, no necesitaba a nadie para escribir su vida, dibujó a Beatriz saliendo del agua, viva, dibujó una nueva historia, un nuevo final para él. Aquello no funcionaría, ya había puesto la palabra Fin. Nada sucedía después de esa palabra. Dejó sus dibujos y salió a pasear bajo un sol radiante. A lo lejos, divisó una figura de mujer. Corrió hacia ella, era Beatriz, sus ropas chorreando en agua, viva. El dibujante la abrazó, se la comió a besos. Le preguntó de donde salía tan mojada, totalmente empapada, donde había estado y ella respondió que había decidido dar un paseo y se había extraviado, y una tormenta de verano le había sorprendido sin encontrar un sitio donde resguardarse, él miró hacia el cielo, ni una sola nube colgaba del firmamento.
El amor soñado
Era un dibujante de cómic que malvivía de un mal pagado trabajo. La Editorial para la que trabajaba de forma esporádica, le encargó una historieta a desarrollar en varios capítulos, tendría trabajo para seis meses, no era mucho, pero al menos podría pagar el alquiler de aquella pensión cochambrosa en la que pasaba sus largas horas.
Recibió el guión del primer capítulo por correo certificado, inicialmente serían 24, uno por semana, y tenía que dibujar sus personajes conforme al guión. No era complicado, dibujaría las viñetas de aquella historia como tantas veces lo había hecho con otras, sin mucha pasión, pero centrándose en ella, era un perfeccionista, y el boceto de sus personajes, el encontrar el modelo, la musa que inspirase cada rostro, era sin embargo su mayor desesperación; nna vez encontrado, todo rodaba sin obstáculos, pero hasta llegar a dar el paso inicial y encontrar sus personajes transcurrían no pocos ímprobos esfuerzos.
Según el guión, la protagonista debía ser una mujer esbelta, escultural, con muchas curvas, rubia, de piernas torneadas, deportista, bella, inteligente, seductora. Vaya- pensó el dibujante- el ideal de todo hombre -, una heroína de novela metida en mil aventuras y avatares a cual más intensa y trepidante.
El título de la tira de cómic se titulaba El Amor soñado
¡Qué cursilada de título! caviló el dibujante, - la Editorial debería cambiar de guionista, cada vez eran peores
En el capítulo primero la protagonista se entrevista con un misterioso hombre en un tugurio, una cafetería, donde le hace entrega de un sobre cuyo contenido parecen ser instrucciones secretas para localizar algo o a alguien.
El dibujante sabe lo que tiene que hacer, buscar unos personajes a dibujar, podría usar algunas de sus caricaturas que ya habían sido publicado en otras publicaciones, pero no lo considera muy ético, y buscar unos exteriores donde transcurra la historia . Todavía no ha desayunado, se arreglará mínimamente y saldrá a la calle a buscar, a inspirarse, entrará en un bar, se sentará en una mesa, colocará sus lápices encima y dibujará su primera viñeta mientras bebe un café muy cargado y desayuna unos bollos. Tiene suerte, hay una única mesa vacía con dos sillas. Mientras sorbe el café, cierra los ojos un instante para deleitarse con su sabor, paladeándolo, y al abrirlos, una mujer, delante de él, le pregunta si la silla está ocupada, y si se puede sentar. Es bella y rubia. ¡Aja! . ¡Perfecto! . Él la miró embelesado. Durante cinco minutos ambos se entablan en una conversación insustancial, intranscendente, mezclada con silencios y al final, cuando ella decide partir, después de fumar un cigarillo y lanzar sus bocanadas de humo, complacientemente al vacío, sobre la puerta del bar, el dibujante le pregunta gritando si podría utilizar su rostro para la historieta en la que está trabajando. Ella sonríe y desaparece.
Las viñetas de la historia se van trazando sobre el papel, él, con su personaje ya definido, las garabatea con trazos firmes y la ficción ha empezado. En sus dibujos, en el capítulo primero del cómic, ella está de ensueño, preciosa, fumando un cigarillo mientras un misterioso hombre le hace entrega de un sobre con una fotografía de una mujer desaparecida, de parecido increíble al suyo, a la que debe encontrar.
Al regresar a su pensión encuentra en su buzón un sobre con la fotografía de la mujer de la cafetería. Es extraño articuló entre titubeos el dibujante- No recuerdo haberle dado la dirección. Lo habré olvidado. Esto solo puede indicar que no le importa que la use a ella como modelo para el personaje central de la historia.
El segundo episodio del relato se desarrolla en una biblioteca. Beatriz, que es el nombre que el guionista ha puesto a la protagonista, ha de encontrar las claves necesarias para seguir su investigación del caso. El dibujante coge el guión y esta vez decide ir a una biblioteca a trabajar. Está casi vacía. Se sienta en una esquina desde donde abarca toda la sala, su perspectiva es diáfana y va trazando líneas sobre el papel, dibujando, embobado, borracho de figuras. Cuando levanta la vista para tomar referencias, queda atónito al contemplar a la mujer de la cafetería que ojea los títulos impresos en los lomos de los libros apilados en las estanterías, sobre los anaqueles.
Es extraño, no la había visto hasta entonces y era empíricamente imposible que esto ocurriese, -adujo el dibujante- tendría que haberla visto entrar, la visión desde aquí es plena, y sin embargo ahora está justo delante, de espaldas, debe haber una lógica, he debido de estar tan enfrascado en mi trabajo que he perdido el sentido del tiempo y del espacio y ella habrá franqueado el pasillo de forma evasiva para mi.
Con la mayor ingenuidad del mundo, unos lápices empezaron a resbalar por su mesa y al oír el ruido de estos al caer al suelo, audibles en medio de aquel silencio, ella se vuelve y observa al dibujante que le saluda con la mano mientras le grita para llamar su atención. Ella se acerca, avergonzada, al escuchar que alguien les increpa pidiendo silencio, se saludan dándose un beso en la mejilla y él la invita a sentarse a su lado. Solo un minuto, ella no tiene tiempo. El dibujante le enseña el primer capítulo de la historia, aún no publicado, pero que duerme ya en las imprentas de la editorial, en la fotocomposición, en las rotativas del semanal. Al verlo, ella se sorprende, levemente turbada ¡Su caricatura es tan real! . Es curioso, - dictamina ella muy digna- mi nombre también es Beatriz y no recuerdo habértelo dicho. El dibujante le aclara que él tan solo dibuja los personajes, que el desarrollo de la historia lo escribe un guionista que es quien ha elegido bautizar a su dibujo con su propio nombre, él no ha tenido nada que ver con ello.
He de irme, se me hace tarde. Y ella vuelve a desaparecer.
En el tercer capítulo del guión, Beatriz conoce a un hombre que la salva de morir frente a un intento de atropello premeditado. Esta vez, el dibujante no necesita salir a la calle, desde la ventana de su habitación puede ver el escenario a pintar, la calle repleta de coches circulando en ambos sentidos, pero ha de encontrar a un personaje masculino. ¿Qué tal él mismo? ¿Por qué no? Nunca lo había hecho, pero por probarlo, no, no, no iba a resultar. ¿O tal vez si?. Adelante. Dibujemos. Cuando mira por la ventana, sorprendido, reconoce a Beatriz. Deja sus lápices sobre la mesa y sale corriendo a su encuentro. Ella está allí, parada, como esperándole. Se saludan, se besan y esta vez quedan en verse en algún lugar, las coincidencias no se suelen repetir más de dos veces, así pues lo mejor es forzarlas y un encuentro, una cita es una forma de hacerlo, mejor, es una forma de transformar las coincidencias en realidades tangibles.
El dibujante, esa tarde recibió una llamada del editor, al parecer, la historia había gustado, se había vendido muy bien, y le felicitaba por el excelente trabajo que estaba realizando, sus dibujos eran buenos, mejor que eso, parecían reales, vivos, si el segundo capítulo tenía la misma aceptación, era posible que hiciesen una tirada doble, una segunda edición, con el tercero. Y eso que el guión no vale nada reflexionó el dibujante-
Durante el cuarto capítulo, Beatriz, después de vivir una serie de aventuras, cae enferma. El dibujante trabaja en el cuarto de su habitación sobre dichas escenas, cuando recibe una llamada telefónica, es ella, disculpándose, no puede acudir a la cita, al parecer se encuentra algo indispuesta.
Demasiadas coincidencias. No. Imposible. Beatriz es real y el guionista de la historia es tan solo un malísimo escritor de folletines. Unicamente son coincidencias. No debo pensar en fantasmas. Beatriz es real, y muy hermosa, por cierto. Su mente estaba empezando a elaborar una compleja teoría con los elementos repetitivos de aquella historia.
El dibujante no esperó recibir el quinto capítulo, se acercó por la editorial, quería conocer al guionista, en él podría encontrar una explicación a sus reflexiones y dudas. Era un hombre bajito, con gafas, poco pelo, más bien feo y que le recibió con cara de pocos amigos, no tenía nada de particular ni de misterioso, bueno, si, un muy mal genio y un carácter muy agrio. Le miraba por encima de las gafas mientras ojeaba el guión, enarcando maliciosamente las cejas y se le antojó que le trataba con tal falta de respeto que le dejó perplejo. Era un hombre sencillamente vulgar, gris y anodino.
Beatriz no aparecía en este capítulo. El guionista la había dejado recuperándose en un hospital y eran los demás personajes los que formaban parte de la historia.
Y Beatriz, la real, desapareció de su vida durante esa semana. No contestaba a sus llamadas. ¿Dónde diablos estaría? ¿Habría decidido salir de su vida?. Tampoco era tan insólito, únicamente habían coincidido tres veces y nunca más de diez minutos. ¿Por qué, sin embargo, no podía dejar de pensar en ella?
En la Editorial habían recibido invitaciones para una fiesta privada que se celebraba con motivo de los esponsales de dos ilustres personajes, y con motivo de ello, el guionista había desarrollado el sexto capítulo en una lujosa mansión, junto con el guión, el dibujante recibió la invitación para cubrir el evento, ahora tenía dos trabajos, hacer algunos retratos de los personajes que asistirían a la fiesta y que a su vez podría utilizar para su historia.
Tendría que haberle extrañado, pero no lo hizo, Beatriz estaba allí, de pie, encantadoramente real, luciendo un elegante vestido. Tenía lazos familiares, según dijo, con uno de los recién casados. Y cual el cuento de cenicienta, bailaron juntos hasta el anochecer en una velada inolvidable.
Cuando despertó al día siguiente, creyó que había sido un sueño, no porque lo hubiese soñado, sino porque hacía mucho tiempo que no había disfrutaba tanto, que no sentía unas sensaciones tan especiales y con sus recuerdos aun tan frescos, dibujó su sexta historia.
Con el séptimo guión recibió un cheque doble, la historia parecía ser un éxito de ventas. En este nuevo episodio la heroína se enamoraba del coprotagonista, al dibujante le encantó este capítulo, tendría que dibujar a sus dos personajes, Beatriz y a él mismo, enamorados, ya no pensaba que el guionista fuese un inútil, y decidió visitarle en la redacción, llevarle la historieta personalmente y preguntarle por el nuevo capítulo. El guionista seguía siendo el mismo de siempre, seco y agrio, aunque al dibujante le pareció más simpático ese día a pesar de su hosquedad y desaprobación, a pesar de su negativa reiterada en anticiparle la más mínima información acerca del siguiente capítulo. Y en su vida real, había algo que se empezaba a apartar de la historia dibujada, no era Beatriz quien se enamoraba, era él quien lo hacía. Durante esa semana compartieron juntos muchas cosas, su compañía, sus paseos, sus cenas, sus besos, una rosa, una caricia, unas risas, el cine, los cafés, un concierto de música pop, el teatro, las miradas, ternura, simpatía y el amor. Y a pesar de estar tanto tiempo juntos, de pasar tantos momentos a su lado, a pesar de ello, el dibujante no había caído en la cuenta de que no sabía realmente nada de Beatriz, no sabía quién era esa chica tan extraña que aparecía en su vida a ritmo de pinceladas y que a ritmo de pinceladas igualmente desaparecía y le hacía sentirse tan feliz.
El octavo guión llegó. Un poco decepcionado, masculló algunas palabras groseras. Beatriz tenía que enfrentarse a una casa en llamas, donde salvaría a un niño, no sin sufrir quemaduras en ambos brazos ¿Dónde buscar un modelo para los exteriores en esta historia? ¡No iba a incendiar una casa para inspirarse! Y pensó en buscar alguna película donde una casa ardiera. No le gustó mucho su octava historia cuando la vio terminada. Esta vez no le apetecía entregarla en mano en la Editorial, la envió por correo certificado. Esa noche, cuando a su lado, Beatriz, la real, compartía su cama con él, parecía cansada, y el dibujante, al verle ambos brazos con llagas le preguntó que le había ocurrido. No es nada, contestó ella, ha sido cocinando, no suelo hacerlo, pero hoy me he metido en la cocina y ya ves, me he quemado, el aceite me ha saltado a los brazos. No obstante,- pensó el dibujante-, ¿en los dos brazos? .Tenía que haber algo más pero no quiso darle importancia. Beatriz seguía a su lado y sus razonamientos eran elocuentes y convincentes, no había razón para dudar, para ser escéptico.
En el noveno capítulo, el guión es anodino, como destacable, el hecho que un perro pastor belga, ataca a Beatriz y ella logra huir indemne. El dibujante termina su historia y esa noche, Beatriz, aparece llevando de la correa a un perro, un pastor alemán joven. - Sabía que algo así iba a suceder- le dijo sonriente el dibujante a Beatriz- Ella no le entendió, le explicó que lo había encontrado en la calle, abandonado, y lo había llevado al veterinario y al recordar que él le había mencionado que su novena historia versaba sobre un perro por ello lo había llevado con ella, para que le sirviese de modelo. El dibujante le contestó que él nunca le había hablado del noveno capítulo. Ella le dijo que si, que quizá no lo recordase, pero si habían hablado de él.
Beatriz es real, se dijo el dibujante, es real. Y todo lo demás no son más que casualidades. Tenía que terminar con esa odiosa sensación de inseguridad.
El décimo capítulo llegó con puntualidad la décima semana. Beatriz, esquiando, terminaba con un fatídico esguince de tobillo que la obligaba a llevar muletas. El guionista vuelve a sus andadas, con sus historietas insustanciales sentenció con un reproche el dibujante.
Es Probable que Beatriz aparezca con el pie escayolado diciendo que se lo torció al bajar unas escaleras, presupuso maquinalmente, en tal caso, dejaré de pensar que todo esto no es más que una coincidencia.
Cuando terminó de dibujar, se levantó, resbaló sobre uno de los lápices que había caído al suelo, con tan mala fortuna que su pie se dobló. Es un esguince de tobillo, dictaminó el médico.
Durante esa semana, Beatriz le acompañó a la redacción, sirviéndole en parte de bastón de apoyo, allá conoció al guionista, un mediocre hombrecillo, pero quien le llamó la atención fue el Editor, era un hombre amable que le halagó hasta hacerla sacar los colores, diciendo que ella había sido la única responsable del éxito de ventas de la historia. Su cara era ya un símbolo, una bandera de libertad, un aire fresco y era la plasmación de su figura en los dibujos la que le había dado alas a la historia.
El dibujante estaba contento. Su editor había conocido a Beatriz, la real, por lo tanto no era un sueño, no era un fantasma. Todo lo pasado anteriormente había sido unas increíbles coincidencias.
El Editor en persona les entregó el guión de la undécima historia y le contó que versaba sobre como la heroína triunfaba en su misión, encontrando a la mujer secuestrada que el hombre misterioso le entregara en un sobre en el primer capítulo. Eso era todo. El triunfo.
El dibujante trabajó con entusiasmo en aquella historia, Beatriz, la real, estaba a su lado, tan real, y sin embargo sabía tan poco de ella, que empezó a hacerle preguntas sobre su vida pasada, su familia, sus amigos, pero ella eludía aquellas preguntas esquivamente y contestaba con evasivas urdidas en caricias.
Aquella semana transcurrió muy tranquila, nada raro sucedió, el amor hacia Beatriz se había consolidado, enraizado y aquella semana lo confirmó enteramente, su suspicacia desapareció, sus temores se fueron, la calma se instaló en su vida, pero era una calma anticipada, como la que precede a la tormenta.
Cuando el dibujante recibió el duodécimo capítulo y lo leyó, le faltó tiempo para presentarse en la sede del Editor, se enfrentó al guionista, pero este le delegó al Editor y fue este quien le explicó lo que sucedía.
Si bien habían pensado inicialmente en 24 capítulos, el éxito de la historia necesitaba un final, un final apoteósico que hiciese aumentar las ventas hasta el infinito. No podían quemar al personaje y que acabara aburriendo y asqueando a la gente.
Habían decidido que la historia terminase.
-Pero no pueden matarla- dijo el dibujante- No lo comprende, no puedo matarla. Estoy enamorado de ella.
El Editor se rió de sus palabras con estruendosas carcajadas, pero al mirarle a los ojos, vio que no bromeaba y escuchó con detenimiento la historia que aquel dibujante le contaba sobre la aparición de Beatriz y su historieta de cómic. El editor le tranquilizó. Le comentó que aquello no eran más que supersticiones, que él mismo había conocido a Beatriz y que era de carne y hueso, que no tenía que preocuparse de nada y que tenía que terminar su trabajo. Harían una cosa. En compensación a todo aquello, al éxito de ventas de la historia, la redacción se encargaría de correr con todos los gastos de una estancia de una semana para dos personas junto al mar en un hotel de cinco estrellas, y allá junto al mar, en la playa, el dibujante terminaría su historia.
Estaba triste. No quería matar a Beatriz, su dibujo. No sabría hacerlo. ¿Qué pasaría cuando lo hiciera? Beatriz, la real, estaba ilusionada por aquel viaje a la costa. Era extraño, partió sin apenas equipaje. Lo que pueda necesitar, lo encontraré en el hotel y la ciudad, le comentó al dibujante esbozando una leve sonrisa, no te inquietes, siempre suelo viajar ligera de equipaje.
Cuando el dibujante le dijo a Beatriz que quería que estuviese a su lado cuando ella muriese en el papel dibujado, ella sonrió y le dijo : -Pues claro, tonto-
Durante el desarrollo de aquel último capítulo, Beatriz moría ahogada en el mar y las olas arrastraban su cuerpo a la arena de la playa. Mientras el dibujante trabajaba, melancólicamente, apesadumbrado, Beatriz, la real, permanecía a su lado, mostrando una sonrisa afable y cariñosa. No pienso ahogarme, ¿sabes? , -le dijo al contemplar su dibujo sobre la playa, yaciendo muerta. El dibujante trazó con sus lápices la palabra Fin.
Cuando despertó al día siguiente, Beatriz no estaba a su lado, en la cama. Sintió un golpe en el pecho, su corazón latiendo a mil. Gritó su nombre. Ella no respondió. Se vistió sin darse cuenta de lo que se ponía y bajó raudo hacia la playa. Un montón de gente se arremolinaba en la orilla, formando un círculo. El dibujante se abrió paso entre los curiosos. Beatriz estaba allí, tumbada en la playa, pálida, sin vida, muerta, ahogada. Se arrodilló a su lado, tomó su mano y lloró.
Solo, en la habitación del hotel, contempló sus dibujos. Los metió en un sobre, puso la dirección y llamó a un botones para que lo enviara al correo. Aquella última historia era la más bella que había dibujado.
Inconscientemente tomó un lápiz y empezó a dibujar, sin guión, no necesitaba a nadie para escribir su vida, dibujó a Beatriz saliendo del agua, viva, dibujó una nueva historia, un nuevo final para él. Aquello no funcionaría, ya había puesto la palabra Fin. Nada sucedía después de esa palabra. Dejó sus dibujos y salió a pasear bajo un sol radiante. A lo lejos, divisó una figura de mujer. Corrió hacia ella, era Beatriz, sus ropas chorreando en agua, viva. El dibujante la abrazó, se la comió a besos. Le preguntó de donde salía tan mojada, totalmente empapada, donde había estado y ella respondió que había decidido dar un paseo y se había extraviado, y una tormenta de verano le había sorprendido sin encontrar un sitio donde resguardarse, él miró hacia el cielo, ni una sola nube colgaba del firmamento.
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